
El hígado es un órgano esencial que participa en numerosas funciones del organismo, como el metabolismo de nutrientes, la producción de proteínas y bilis y la transformación o eliminación de diferentes sustancias.
Las enfermedades hepáticas son frecuentes y, en muchas ocasiones, pueden evolucionar durante años sin producir síntomas. Por ello, determinadas alteraciones en una analítica o la presencia de factores de riesgo pueden hacer recomendable estudiar la salud del hígado aunque la persona se encuentre bien.
Entre las enfermedades hepáticas más frecuentes se encuentran el hígado graso, las hepatitis y la cirrosis.
Hígado graso (MASLD)
El llamado hígado graso se caracteriza por una acumulación excesiva de grasa en el hígado.
Actualmente, cuando se asocia a factores de riesgo cardiometabólico, se utiliza el término MASLD (enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica). En algunos pacientes puede desarrollarse además inflamación y daño hepático, situación denominada MASH (esteatohepatitis asociada a disfunción metabólica).
Es especialmente frecuente en personas con:
Sobrepeso u obesidad.
Diabetes tipo 2.
Colesterol o triglicéridos elevados.
Hipertensión arterial.
Otros factores de riesgo metabólico.
La mayoría de las personas con MASLD no presentan síntomas. Sin embargo, en algunos pacientes la enfermedad puede progresar y producir fibrosis hepática. Cuando la fibrosis alcanza fases avanzadas puede evolucionar a cirrosis.
Por este motivo, ante un diagnóstico de hígado graso no solo interesa conocer la cantidad de grasa acumulada, sino especialmente determinar si existe fibrosis y cuál es el riesgo de progresión.
¿Cómo se estudia el hígado graso?
La valoración debe individualizarse y puede incluir:
Historia clínica y exploración física.
Analítica sanguínea.
Índices no invasivos de fibrosis calculados a partir de la analítica, como el FIB-4.
Ecografía abdominal u otras técnicas de imagen.
Elastografía hepática (FibroScan) en pacientes seleccionados.
El FibroScan es una exploración rápida y no invasiva que permite medir la rigidez hepática, relacionada con la presencia de fibrosis, y obtener además información sobre la esteatosis.
Estas herramientas ayudan a identificar a los pacientes con bajo riesgo y a aquellos que necesitan una valoración o seguimiento más estrechos.
Tratamiento del hígado graso (MASLD/MASH)
El tratamiento debe individualizarse según la presencia de sobrepeso u obesidad, diabetes y otros factores de riesgo metabólico y, especialmente, según exista o no MASH y fibrosis hepática significativa.
Las medidas fundamentales incluyen:
Pérdida de peso cuando existe sobrepeso u obesidad.
Actividad física regular.
Alimentación saludable, preferentemente siguiendo un patrón de dieta mediterránea.
Control adecuado de la diabetes.
Tratamiento de la hipertensión, el colesterol y otros factores de riesgo cardiovascular.
Valoración individual del consumo de alcohol.
La pérdida de peso puede producir una mejoría importante de la esteatosis y, cuando es suficiente y mantenida, también puede favorecer la mejoría de la inflamación y la fibrosis.
Tratamientos farmacológicos y agonistas GLP-1
En pacientes con obesidad o diabetes tipo 2, determinados tratamientos farmacológicos pueden ser especialmente útiles al mejorar el control metabólico y facilitar una pérdida de peso significativa.
Entre ellos se encuentran los agonistas del receptor GLP-1, como la semaglutida, que además han mostrado beneficios sobre la MASH en estudios clínicos.
Su indicación debe establecerse individualmente teniendo en cuenta la situación metabólica, la enfermedad hepática y las indicaciones autorizadas para cada medicamento.
Tratamientos dirigidos a MASH y fibrosis
En los últimos años se han desarrollado tratamientos específicamente dirigidos a pacientes seleccionados con MASH y fibrosis hepática significativa.
Entre ellos se encuentra resmetirom, autorizado en la Unión Europea para determinados adultos con MASH no cirrótica y fibrosis moderada o avanzada (F2-F3), como complemento de las medidas dietéticas y de actividad física.
Este tratamiento actúa sobre mecanismos metabólicos implicados en la enfermedad y ha demostrado tanto resolución de la MASH como mejoría de la fibrosis en una proporción de pacientes.
Estos tratamientos no están indicados para todas las personas con hígado graso. Su utilización requiere identificar correctamente qué pacientes presentan MASH y fibrosis significativa y valorar individualmente sus beneficios, riesgos y posibles contraindicaciones.
Por ello, uno de los aspectos fundamentales tras detectar hígado graso es realizar una adecuada estratificación del riesgo de fibrosis.
Hepatitis
La hepatitis es una inflamación del hígado que puede tener numerosas causas.
Entre ellas se encuentran:
Infecciones por virus de la hepatitis.
Consumo de alcohol.
Determinados medicamentos o sustancias.
Enfermedades autoinmunes.
Enfermedades metabólicas.
Otras causas menos frecuentes.
Algunas hepatitis pueden producir cansancio, pérdida de apetito, molestias abdominales, orina oscura o ictericia —coloración amarillenta de la piel y los ojos—, mientras que otras pueden permanecer asintomáticas durante mucho tiempo.
El diagnóstico depende de la causa sospechada y puede requerir analíticas, serologías, pruebas de imagen y, en determinados pacientes, estudios adicionales.
El tratamiento también depende de la causa. Existen, por ejemplo, tratamientos antivirales específicos para las hepatitis B y C y tratamientos inmunosupresores para determinadas enfermedades hepáticas autoinmunes.
Fibrosis y cirrosis hepática
Cuando una enfermedad hepática produce daño mantenido en el tiempo puede aparecer fibrosis, es decir, acumulación progresiva de tejido cicatricial en el hígado.
La cirrosis representa una fase avanzada de fibrosis en la que se altera la estructura normal del órgano.
La cirrosis puede permanecer compensada durante años, pero también puede producir complicaciones como:
Ascitis o acumulación de líquido en el abdomen.
Hemorragia por varices esofágicas o gástricas.
Encefalopatía hepática.
Alteraciones de la función renal.
Mayor riesgo de carcinoma hepatocelular.
Las personas con cirrosis necesitan un seguimiento específico para prevenir, detectar y tratar estas complicaciones.
¿Cómo se estudia la fibrosis hepática?
Actualmente disponemos de herramientas no invasivas que permiten estimar el riesgo de fibrosis sin necesidad de realizar directamente una biopsia hepática.
Entre ellas se encuentran índices calculados mediante análisis de sangre, como el FIB-4, y técnicas de elastografía como el FibroScan.
Estas herramientas permiten seleccionar mejor qué pacientes necesitan seguimiento especializado, pruebas adicionales o tratamiento.
En determinados casos puede ser necesario recurrir a otras técnicas de imagen o, con menor frecuencia, a una biopsia hepática.
¿Cuándo consultar a un especialista?
Puede ser recomendable realizar una valoración de la salud hepática ante situaciones como:
Hígado graso detectado mediante ecografía u otra prueba de imagen.
Elevación persistente de transaminasas u otras alteraciones de la analítica hepática.
Sobrepeso u obesidad asociados a factores de riesgo metabólico.
Diabetes tipo 2.
Consumo de alcohol que pueda suponer un riesgo para el hígado.
Sospecha o diagnóstico de hepatitis.
Antecedentes personales o familiares relevantes de enfermedad hepática.
Sospecha de fibrosis o cirrosis.
Muchas enfermedades del hígado no producen síntomas durante sus primeras fases. Identificar su causa y, especialmente, determinar si existe fibrosis permite establecer el tratamiento y el seguimiento más adecuados para cada paciente.
Dr. Antonio Ortega Sabater
Especialista en Aparato Digestivo